sábado, 4 de abril de 2020

El frasco

Juan fue sacándose los huesos uno por uno. Primero, se extrajo un huesito del pie. Fue una operación quirúrgica, sencilla. El médico le dijo que se quedara tranquilo, que igual había más huesos en el pie que en el resto del cuerpo.

A Juan, la verdad, le encantó disminuirse. Sintió placer en eliminar una parte de su cuerpo que de todas formas no tenía como realmente suya: los huesos no están vivos.

Probó quitarse varios dientes; caries, arguyó. No le digan a Juan que estos no son huesos; para él, contaron. Y su sonrisa, aunque un poco vacía, nunca fue más ancha.

Le siguió, simplemente, automutilación bien amateur. Ay Juan, hay maneras más fáciles de suicidarse.

Me burlo un poco, pero Juan quería realmente existir - solo que de manera minimal. Juntaba sus huesos en un gran frasco ornamentado. Se reía pensando que jamás alguien había jugado al juego de los palitos chinos de esta manera.

Tal vez pueda donar el cuerpo a la ciencia, pensaba mientras usaba las falanges que le quedaban para manipular un serrucho y recortarse la clavícula.

O pueda donar el frasco al perro de mi hermana.

O mi cuerpo al Bellas Artes.

O me lleno de caramelos y hago de piñata en el próximo cumpleaños. Sí, así, todo vale la pena.

domingo, 13 de marzo de 2016

TOC TOC

 Hace poco, en mi barrio, se puso de moda tener TICs. El mío es un poco simple: pestañeo cerrando los ojos con fuerza, muy seguido. Sin embargo, por ahí pululan otros mucho más dignos de mención. Sin ir más lejos, mi hermano hace ruido con las articulaciones de sus rodillas. La señora de enfrente, una anciana de apariencia respetable, apoya la lengua sobre el puente de la nariz cuando está impaciente. Es famoso también un hombre que, esté donde esté, si encuentra una mancha en su ropa, no puede evitar escupirla. Y esto no es una exageración: no se moja un dedo y frota la prenda. Una mezcla de saliva y a veces mocos sale disparada de su boca hacia la mancha, esté ésta en su traje o en sus zapatos. La mayoría de las veces el escupitajo sólo empeora el asunto, esparciendo aun más la suciedad. No importa. El hombre se siente lleno de nuevo.

 Una mujer afirmaba que sin previo aviso levantaba las cejas y las mantenía así durante días enteros, sin poder bajarlas...lo que le duró días fue el rubor que la pintó cuando yo mismo descubrí dos minúsculos ganchitos de abrochadora que ella usaba como cirugía plástica barata para mantener la mentira. Es así: en todo ambiente competitivo surgen personas sin escrúpulos que inventan algo carente de esencia para poder subir al pedestal.

 Este fenómeno de los TICs pronto fue evolucionando y traspasó las fronteras de mi barrio. No tardaron en hacerse ferias, certámenes. La nación entera comenzó a hablar del tema; los noticieros exaltaban a las masas. Como suele pasar con las modas que crecen demasiado rápido, sin tiempo de madurar, esto que había empezado como efusivas charlas en el pasillo del edificio sobre quién era el más raro, pronto se tiñó de envidia, histeria e inseguridades.

 Mientras la gente se mataba por la nueva arbitrariedad a la que idolatraban, un fenómeno casi ficticio surgía a nivel internacional. En efecto, las ciudades y los países mismos se humanizaban a través de sus gobiernos, y se daban ínfulas de poseer, como nosotros, TICs. Así, de pronto un país invadía a otro y luego le pedía disculpas , como si lo hubiera pisado sin querer y fuera propenso a ese acto. A otro se le dañaba una central nuclear, contaminando a una de sus metrópolis más importantes y matando a todos sus habitantes, y después decía, riendo forzadamente, que no lograba controlar sus gases cuando estaba nervioso.

 Los misiles y ataques aéreos también se justificaban, pero como estornudos. Las revueltas y tumultos, ronchas producto de rascarse involuntariamente. La situación mundial, producto de la competencia entre los países por ver quién tenía la mayor cantidad de TICs, o tal vez sólo poniendo como excusa dicha competencia, comenzó a caer hacia el abismo. Y mientras un general de cierto ejército apretaba sin querer un gran botón rojo, mientras todo se derrumbaba, mientras los últimos televidentes aclamaban el gran acto fallido, el general pensó en si debería cambiar de terapeuta.

martes, 19 de enero de 2016

:-(

 En toda mi vida no vi a más de dos amigos llorar. Uno de ellos me cuenta, sin embargo, acerca de un curioso happening que solía hacerse en Buenos Aires en los años ochenta. Según él, grandes grupos de de conocidos solían juntarse, una vez cada tanto, en la casa de alguno, con el fin de llorar todos juntos. Era arte a lo Marta Minujín, según Esteban.

 Recuerda una tarde en especial. No sabe quién puso casa; eso no importa, dice. Después de tantos años, es sólo un nombre. Varios, él incluido, cayeron temprano. Casi todos llevaban alguna cosita a la fiesta, para compartirla: pañuelitos perfumados, algo muy livianito para picar, agua para no deshidratarse.

 Bromeaban, sonaba alguna guitarrista melancólica de fondo; alguien, un olvidadizo, propuso jugar un juego de mesa. Lo callaron sin violencia. Durante un rato hubo silencio, hasta que uno, sonriendo despacito, sugirió "¿empezamos?" .

 Ahora bien, Esteban recuerda que todos tenían velocidades distintas. Hubo un par que ni bien oyeron esa palabra, prorrumpieron en llanto; otros, tímidos, o tal vez con pánico escénico, no se animaban. Siempre estaba el que necesitaba sonarse ruidosamente la nariz antes de comenzar.

 Todos, a los diez minutos, lloraban a moco tendido. Se miraban a los ojos, luego miraban para abajo, paraban un poquito, sonreían, y volvían a empezar.

 Cada tanto había algún abrazo sentido y con ganas; nunca un beso ("¿por?" "no sé"). El que lloraba sobre el piso de madera era regañado. "Lloren sobre la alfombra, que para eso está, carajo" exclamaba la dueña de la casa, entre hipos.

 En eso cayó la noche, y el éxtasis no había disminuido. La situación era bella: uno tirado en el piso, abrazado a una almohada; otros tres, exhaustas, casi durmiendo; un par descansado espalda contra espalda.

 Los pañuelos ya se habían acabado hacía rato. Alguno se empieza a reír a carcajadas, sin previo aviso ni consideración por el estado de ánimo de los otros; lo rajan. Se ve, mientras, como una de las chicas, temblando, va al baño. Está un buen rato.

 Gracias a que tienen la visión nublada por las lágrimas, tardan bastante en entender qué había pasado.

"¿Gracias a?" interrumpo a Esteban. "Ojalá hubiéramos tardado toda la noche" responde. Y lo último que alcanza a decir antes de ahogarse en su llanto es "charco" y "gritos".

sábado, 4 de abril de 2015

Ideas cortas para cuentos tristes

○ Te venden un misterioso colchón que sirve para repetir sueños de tu infancia. Durante la primer noche soñás con tus padres, vivos, jóvenes. Mojás la cama. Devolvés el colchón, diciéndote que es porque extrañás soñar con tus hijos.

○ Un joven con cierta deficiencia mental es convocado a un concurso de talentos, para su orgullo y el de su familia. Luego de unas rondas, el muchacho, pese a sus dificultades, logra darse cuenta de que lo llamaron para reírse de sus problemas. Se va llorando.

○ La misma historia, pero contada desde el punto de vista de uno de los productores del show. Comentarios que hace sobre el muchacho generan hilaridad entre sus amigos y posiblemente tristeza entre los lectores. Cuando el chico abandona el show, simplemente convocan a otro.

○ Se descubre que existe un dios, pero éste no pertenece a ninguna religión actual. Tal vez es uno de los veintisiete millones que fueron adorados a lo largo de la historia humana, sólo que ya no más. Este dios enfurecido mata a los herejes. La humanidad se extingue; la próxima vez, no nos equivoquemos.

○ A un hombre le venden una frazada que tiene ciertas drogas alucinatorias entre el tejido. Al dormir, ve a sus padres vivos, jóvenes de nuevo. El hombre se acostumbra y se consume mientras consume la frazada durante una rutina onírica de catorce horas diarias. Cuando la frazada se acaba,...

sábado, 21 de marzo de 2015

Espantando a la muerte

 Los tefilim* siempre han formado parte de los rituales sexuales del matrimonio Ben-Iehudá.

 Los moderados, propensos a defender la sagrada institución religiosa, en vez de atacar explican que la pareja solo intenta ofrendar a Dios su placer. Usan las cuerdas para acercarse a Él, uniendo al goce y a la fe en un santo pacto sadomasoquista.


 Otros, sonriendo maliciosamente, afirman que, a través de tamaña transgresión a sus valores inculcados, los Iehudá dan fuelle a la llama pasional que los une. ¿Quién sabe? Pero estos no pierden el tiempo, ni con sus congéneres ni con los paganos, y disfrutan sin culpas, sin pedir permiso, y sin cadenas metafóricas pero sí con unas de cuero, bien reales, que simbolizan su libertad.

Los de fe inquebrantable, con fe inquebrantable gritan: los Ben Iehuda son los hijos del infierno.
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* Los tefilim consisten en dos pequeñas cajas de cuero unidas a correas de cuero. Cada caja contiene cuatro secciones de la Torá escritas en pergamino. Los practicantes de la religión judía utilizan estos elementos, también llamados filacteria, para un ritual de acercamiento a su dios. También, muy excepcionalmente, algunos los usan para cojer.

jueves, 5 de febrero de 2015

https://www.youtube.com/watch?v=GcMPL239F5A

 El lisiado bajó del camello y contempló el oasis de lágrimas que lo salvaría. Lo alimentó, pero apenas.

 Dicen que las aguas son el producto de la desesperación conjunta de un pueblo desplazado. Quién sabe.

 El hombre movió la cabeza ligeramente más cerca de la superficie. En su aldea no había maravillas de esta índole; el agua envasada no reflejaba la luz diurna en incontables destellos refulgentes.

 Cuántas veces el oasis habrá salvado a algún desventurado caminante. Y cuántos otros seres habrán muerto sin agua por creer al oasis una mera ilusión, sin tomar el regalo de aguas saladas pero satisfacientes.

 Mas el lisiado quería calmar una sed más íntima. Había caminado harto, frío en su determinación bajo un sol calcinante, y su travesía finalizaba aquí y ahora.

 Despreciado de nacimiento, ignorado desde la adolescencia, este desdichado tenía todo el costado izquiredo endiablado, como decía su madre. Ahora hombre, pero igual de débil de cuerpo, el lisiado intentaría al menos reponer su espíritu. Se miró en el salado espejo, cambiando de a poco su postura, y disfrutando-cada-movimiento hasta lograr un perfecto perfil que hacía ver a su reflejo, a su yo (que hasta parecía otro) como un ser más, sin defectos, un ser apto para el cariño.

 Habiendo logrado su más grande deseo,
habiendo llenado su más tremenda necesidad,
el hombre alimentó las aguas, toda su esencia brotando cristalinamente a través del único ojo que le devolvía la mirada desde abajo.

 Luego, vacío, su organismo se disolvió en el aire. Sólo quedó el oasis para llorar en silencio.

 Desde ese día, nadie se alimenta de esas aguas. Se podía soportar que fueran saladas, pero no que - ahora - sean amargas.

martes, 3 de febrero de 2015

 El proceso creativo de un hombre sin alma es realmente bizarro: al no poder recurrir a la suya propia, va a un bar concurrido, pide un café negro, y sumerge su sentir en las almas de los que sí tienen. No olvidemos que los desalmados poseen una habilidad consuelo: una empatía superior a la general.

 El creativo roba, entonces, las emociones que embargan a los bebedores del establecimiento, las cocina, y de la mezcla saca una historia llena de palabras que no entiende realmente.

 Por suerte, de estos seres hay pocos. La mayoría de nosotros tiene un alma, descubierto como se sabe (o más bien sabía) por R. Blake hace unos veinte años. Esto debería haber cambiado a la humanidad para siempre. Pero no lo hizo.

 Sí hubo, no obstante, una algarabía inicial. Opresores sin alma y oprimidos con  ponían a la gente a pensar en una Justicia Divina, pero luego parecía que un Dios, de existencia cada vez más probable (y desalmado, en sentido figurado) se reía en nuestras narices.

 En efecto, el descubrimiento de que naciones enteras no tenían alma fue monstruoso. ¿Tenía Dios, entonces, realmente, pueblos elegidos? Esa es una cuestión más metafísica, que raya en la especulación y la superstición, y no es objeto de este texto examinarla. Denunciaré, sin embargo, algo más trascendental y real: la lenta desintegración de ese país, otrora un imperio, situado en el sur de Europa. Sus habitantes, al saberse desalmados, perdieron todo nacionalismo y se dispersaron por el mundo, creyendo que la razón de su mal quizás era tan solo geográfica. Pronto el territorio se convirtió en un gigantesco pueblo fantasma, con carreteras vacías, quedando las fieras como dueñas del país. A ellas no les importan las cuestiones eternas.

¿A dónde iría el mundo a parar? pensaban algunos.
¡Se acabará la civilización! exclamaban otros.
¡Se acerca el Mesías! etc etc.

 Pero todo lo que sube baja. Poco a poco (y no creo ser un conspiracionista al teorizar que esto tuvo causas políticas) desaparecieron de los medios las noticias referentes al alma; las secciones en los libros de ciencia que trataban el tema se fueron haciendo cada vez más parcas; el viejo R. Blake fue asesinado - dicen. Una manipulación de tal magnitud requirió la astucia de varios líderes mundiales. Pocos - heme aquí por poner un ejemplo - nos dimos cuenta de la casi artística censura que limpió al mundo de tan problemático saber.

 Por medio de este texto, yo, desalmado y aun así enfrentando el temor al asesinato, denuncio lo ocurrido. De todas formas, ya es tarde; no seré escuchado. Los humanos ya dejamos de interesarnos por lo infinito que vive adentro nuestro; el sexo volvió a encontrar su lugar en el centro de nuestro universo.

Julio

 Julio es un mes difícil para el vagabundeo, y más aun para Felipe, quien desde su nacimiento es pobre y ciego.

 No describiré su aspecto físico, que a él le importa bien poco. Sí hablaré, en cambio, de lo que lo hace especial: el hombre puede modificar el tono, brillo y volumen de su voz a voluntad.

 En el mundo de los ciegos, Felipe es rey. A falta de un ojo, su no modesta habilidad hace al dicho.

 El ser se pasea a sus anchas por la vagabunda comunidad de gente más débil que él. De poca moral, Felipe imita ya la voz de un patrón, ya la del marido de una mujer de labios legendariamente carnosos, y roba cuanta riqueza y besos puede.

 Nadie puede identificar a Felipe con el malvado ladrón: este cubre muy bien sus pasos, nunca deja una prenda reconocible por el tacto olvidada. En público, a su voz la deja estática, sosa, baja: la de un hombre inocente. Ay de Felipe si no fuera tan astuto.

 Y astutos (aunque un poco menos) resultaron ser todos los otros ciegos. El levantamiento que hubo hacía una década, siendo yo un pibe, dio vuelta los papeles.

 No me pregunten cómo nos rendimos tan fácilmente; tan solo diré una verdad universal: quién menos tiene que perder, más se anima a jugarse la vida por una causa.

 Ahora somos nosotros los ojos de los ciegos, y ellos mandan. Claramente sabemos todo sobre Felipe, sobre su habilidad única, pero no nos atrevemos a denunciarlo y romper así el soportable equilibrio en que nos encontramos. ¿Quién  sabe si, sin amenazas, nuestros amos no oprimirían más la soga que nos ahoga?

 Entonces, marchitos, decadentes, sin fe en nosotros mismos, esperamos y esperamos, rogándole a Dios que nos ilumine el camino. Nosotros, aunque tengamos ojos, no lo podemos ver.

Victoria

 La soledad mata. Esto es un hecho. Soledad también.

 ¿Qué hacer, cuando ambas posibilidades binarias te dejan seco de llanto, de vida?
 ¿Qué hacer, cuando no se puede volver el tiempo atrás y todo lo que queda es sufrimiento?

 Pregunto, y yo mismo me respondo: lo único que queda es fingir vivir: ponerse una máscara y hacer como que lo único recibido fue un porrazo y no un disparo. ¿Qué van a pensar de nosotros si no? El suicidio es ilegal, además. Por suerte llorar no, pero mejor hacerlo en privado; desde chiquitos aprendimos que todas las secreciones son feas y que mejor que la gente no se entere que las hacemos.

 Las mujeres no cagan.
 Los hombres no lloran.
 Las heridas de amor sangran pero poco, un clavo saca a otro clavo, todas las minas son iguales.

 No. Mi Soledad es única (como todas). Ah, pero ya no es mía. Pensándolo mejor, nunca lo fue.
 Yo, en cambio, sí fui suyo. Lo admito sin vergüenza, con añoranza.

 Y la esperaré, aquí sentado, máscara en mano, hasta que vuelva a reclamarme. O hasta la muerte. Lo que sea que pase primero, lo espero con ansias.

domingo, 4 de enero de 2015

Mundo de monstruos

 Amor necesitan incluso los monstruos. Estos, de dos ojos pero ocho piernas, lloran cuatro veces lo que un humano, y estas lágrimas cotizan alto en la bolsa por sus usos, desde abono hasta afrodisíacos.

 Por eso, en estos criaderos que se suelen ver desde la ruta, se suelen hacer de todo menos caricias.

 Ojalá pasara como con las vacas: un semi-piadoso ignorar hasta la muerte. Pero no, lamentablemente no es oro la carne de estos seres, sino su dolor. Entonces se escuchan (e incluso de noche) gritos espeluznantes, llantos, llantos que parecen de niño pero qué importa que ellos estén mal si nosotros estamos bien; qué importa que ellos tengan una vida de mierda si sus lágrimas son maquillaje.

 Y qué suerte que se trate de seres inferiores, de cerebro chico, casi definidos como seres no pensantes, que podemos lastimar al ser nosotros los reyes del mundo.

 Qué suerte que no suceda que el sufrimiento de un grupo de humanos haga feliz a otro. ¿Se imaginan cuan horrible sería el mundo si ciertas personas fueran emperadores y otras esclavos? Gracias a dios sólo lastimamos a monstruos; aguante este mundo perfecto que se aprovecha sólo de seres realmente inferiores.

martes, 9 de diciembre de 2014

Jeremías el Divino

Cierta tribu de África tiene una cultura muy especial. Realmente, debería ser llamada religión, por todo lo que conlleva.

Ésta cubre varios aspectos de la vida cotidiana, desde qué está permitido comer hasta en qué parte del mes está completamente prohibido mirar a la luna, pasando por como se debe festejar un casamiento y en qué fechas conviene realizar un bautismo.

Hablo de bautizos y meses porque esta religión tiene como padre a la cristiana, la cual vive en una Biblia corroída encontrada por un miembro de la tribu hace ya dos siglos.

Sin embargo, como ya se vio, la religión (crusiana) posee ciertas diferencias. Los crusianos creen que Adán y Eva no fueron expulsados del Paraíso por una manzana, sino por una naranja.

Sabemos que la tribu es supersticiosa, inventiva y exagerada, como todo ser humano. Con el correr del tiempo comenzaron a decir que cada botellita de la naranja les había conferido a Adán y Eva un conocimiento prohibido, y que por medio de ciertos ritos oscuros, los hombres podían convertirse también en eruditos.

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Fue un gran choque para la tribu la aparición de los primeros misioneros, que intentaban llevarles la verdadera palabra de Jesús en vez de la actual herejía en la que vivían. El primero de todos, de quien no sé el nombre, tuvo la desdicha de atravesar los enormes peligros del mar, y luego los tifones de la tierra africana (serpientes, elefantes, otros pueblos sanguinarios), para terminar en la olla ritual de los crusianos. El hombre, extremadamente devoto, terminó muriendo, sufriendo en mayor medida por la corrupción de la religión cristiana presente en el lugar que por el agua hirviendo que lo cocinaba a fuego lento.

Desde ese día, gracias a haber bebido en tres tragos una poción preparada con una microscópica porción de la vieja Biblia, barro y el fémur del misionero, el jefe de la tribu se volvió más respetado y temido de lo que ya era.

Fue rebautizado como Jeremías. Pocos recibían tal honor. Como máximo habían vivido siete u ocho con ese nombre durante el último siglo de historia tribal.

Lleno de poder, sabiduría divina y soberbia, Jeremías quería más. Deseaba la gloria eterna, ser aceptado por Dios bajo su cobijo, ascender a los cielos envuelto por una luz que lo hiciera brillar como si fuera su mismísimo Hijo. Se pasó días meditando sin comer ni beber, y finalmente tuvo una revelación durante un sueño. Ya sabía qué hacer: pidió que lo crucificaran. Dios se lo había transmitido.

Su mano derecha objetó, dijo que el sueño había sido producto de las privaciones, una locura pasajera; además, ¿cómo sobreviviría la tribu sin su sabio jefe?

Jeremías hizo caso omiso de las protestas (su única acción fue mandar a matar al hombre por desobedecer) y dictó las órdenes: leños del gran pino, clavos de metal de un saqueo antiguo a hombres blancos. La fecha fue fijada y finalmente, la siguiente luna llena, ocurrió la extremadamente dolorosa crucifixión voluntaria. El jefe de la tribu murió sonriendo de alegría, y su cuerpo fue cocinado y comido por cuatro personas: los rebautizados Jeremías (el que fue el siguiente jefe), Jeremías (el sacerdote), Jeremías (el más anciano de la tribu) y Jeremías (esposa del Jeremías Divino y la primer mujer en alcanzar la sabiduría de Eva).




jueves, 13 de noviembre de 2014

 Siempre supe que esto iba a terminar así. Acá, así, y ahora. Con vos al lado mío, este charco en el piso, y gritos que me aturdirían si no hubiera perdido ya casi por completo mis sentidos. Y sin embargo, incluso desvaneciéndome, te siento sobre mí en un pedido silencioso (si es que esos no son tus gritos sino los de). Pero ya no hay nada que hacer, no tengo nada más que dar. Mi tiempo se acaba, y vas a quedar solx, en un charco que en realidad es dos, con un corazón roto que siempre supe que eran dos, diluyendo lo rojo del piso con unas lágrimas que nunca había visto, ni cuando te ordenó que pararas con las visitas.
 No peleaste ni un poco, aceptaste tu esclavitud sin más, vos, que te creía tan anti todo y terminaste siendo unx Fito ensomadx más.
 Ahora ya está. No valés nada, y yo cada vez menos, mi esencia ya casi afuera de mí y yo cada vez más, más feliz.

martes, 28 de octubre de 2014

Hospitales II (Julieta)

 En un hospital conocí a mi verdadero amor. Se llamaba Julieta, era socióloga, y nunca supe qué demonios hacía allí si se la veía perfectamente bien. Al menos, nuestras conversaciones parecían sanas, y aparentemente eran aprobadas por la Comisión de Charlas Catárticas porque nunca nos separaron.

 La CCC era la herramienta más poderosa del gobierno hospitalario. Pocos sabían de su existencia; incluso yo me olvidé de la misma varias veces. Plantaban micrófonos en todo lugar peligroso. Lo más detestable no era que incluso había varios en las duchas - donde si cantabas Schönberg te aseguro que te metían preso (más preso) -, sino que (yo sospechaba), operaban incluso fuera del establecimiento.

 No, no fue mi familia la que me puso acá. Fue la Comisión. Descubrieron que yo era demasiado lúcido y me sacaron del Sol para jamás volver a verlo.

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 Julieta pareciera que estuvo aquí desde siempre. Conoce el lugar mucho mejor que todos; nos cuenta de habitaciones de las que nunca oímos hablar, y de torturas tan inverosímiles que parecen la pesadilla de un loco.

 Y este hospital se confunde, ya no se sabe quiénes son los trabajadores, quiénes los CCC, y quiénes los enfermos. Todo gira en un remolino, en un arcoiris: micrófonos negros chupadores de espíritu, micrófonos rojos manchados de violencia y exasperación, guardias grises mirándonos como desde otro plano, un hombre de azul cuyo único objetivo es evitar el de los enfermos (escaparnos), nosotros de un rosa pálido que parece burlarse de nuestra ceguera, y Julieta, ¡ah!, Julieta la de la lapicera verde (y bata blanca). Julieta la de ojos pardos en su mirada dulce. Y bata blanca. Julieta la de la bata blanca.

Hospitales I (Isidoro)

 ¡Oh! El hospital. Laberíntico infierno frío e iluminado, donde con suerte, sólo por unas horas, nos olvidamos del olvido, y la muerte se nos presenta en forma de cuerpos maltrechos, de miedo al contagio, de angustia y dolores nuevos. Otros pensarán al cuerpo como un aparato siempre arreglable, y acuden al service, le cambian el aceite tetas nuevas pastillitas y adiós, pero yo sé, ah, yo sé que esto se acaba; tal vez no hoy, y ojalá no mañana, pero sin duda un día te despertarás y en vez de espantarte por esas formas desgastadas que te sorprendían en tus escasas visitas al averno, serás uno de ellos.

 Más que asiduas apariciones por el hospital, vivirás el horror de vivir allí. Lentamente irás perdiendo el control a medida que pasan las décadas, y llegará el momento en que comprenderás que la maldición que nos golpeó no era todo lo contrario, como solías pensar.

Atrapado en tus huesos, querrás por fin liberarte y visitar los cielos, pero no, pasarás la eternidad entre estas cuatro paredes, sin mover un músculo, sin músculos, sólo mente, sólo polvo, solo, encerrado en un infierno y deseando haber terminado más abajo, en el verdadero.

miércoles, 30 de julio de 2014

Besos en la frente

 Besos en la frente eran justamente lo que le faltaban a Juan Miguel. Besos en la frente, algún que otro abrazo, un apretón de manos; pero no, lo único que le regalaban a mi amigo eran golpes, cachetadas literales y metafóricas, pero no por ser metafóricas estas últimas dolían menos. Hasta donde Juan sentía, le sangraban incluso más. El amor, esa sensación no olvidada sino que nunca aprendida, lo volvía loco. Lo mataba. Lo mató varias veces. Juan Miguel se suicidó en incontables ocasiones por falta de amor, un acto más poético si me preguntan que los que abandonan el barco por un flechazo demasiado mortal al corazón.

 Ambos actos son tan opuestos como terribles. El segundo se va porque le da miedo seguir encontrando dolor, y Juan porque ya no tiene fuerzas para seguir buscándolo. Y Juan se mata. Infructuosamente. Pues una maldición cayó sobre Juan hace siglos, cuando este todavía tenía un nombre indígena, y lo hundió en el barro de la neutralidad. En el de no poder sentir. En el de querer sentir, pero no poder. Y cuando Juan nazca de nuevo, se llame como se llame, no podrá usar su corazón para lo que los doctores mienten al afirmar que no es su función principal.

 Y su madre lo sabrá. Y su padre. Y el amor incondicional que sientan por él se irá extinguiendo al no recibir respuesta, y Juan se irá quedando solo, mientras el mundo le da la espalda.  Y él se abandonará también, y nos abandonará, para reaparecer nuevamente en otro inútil intento de vivir.

lunes, 23 de junio de 2014

 Desmoronábanse los lípidos de la torre que eras en toda tu desbelleza, crujían tus vidrios y saltaba el tuétano de tu esquelética sonrisa, de tu horrenda plenitud, de tu igual de tremenda planicidad.
 Buscás encajar en cada molde que te imponen, que te regalan en opiniones, que te venden en las revistas, en la pantalla, detrás de la vidriera.
 Y te venden también a vos, y te das cuenta. Y, ansiosa por que te compren, llegás incluso a bajar tu precio, o rogás en secreto a tantos amigos por mejores reseñas, y no te das cuenta que podés no venderte, podés ser dueña de cada pedazo tuyo, y así serías sólo una, ni más ni menos, suficientemente toda como para vivir en paz, comiendo-bailando-pinchando-leyendo-riendo-llorando-escribiendo sólo lo que vos quieras, quemando libros a lo Montag si lo deseás, pero no para otros, suprimiendo de una vez por todas ese instinto tan grabado en nuestras entrañas que es necesitar validación, ofreciendo tus valores y ofreciéndote a gente que te intercambia por la misma aceptación tanto de otros seres más grandes y poderosos como la tuya misma, quedando todo podridamente conectado en un angustioso círculo de baja autoestima.

domingo, 15 de junio de 2014

Relato de un náufrago

                Había una vez un joven que escuchaba a Spinetta y escribía sobre cosas imposibles, y luego se iba a volar. Había también otra joven que volaba pero para atrás. No tardaron en chocarse, sin querer queriendo, medio riendo, medio llorando.

                Se hicieron amigos, el joven se enamoró, la joven no. Viajaron juntos a la cabeza de cada uno, y a una playita del Interior. Mezclaron sus mundos, que siendo tan distintos habían engendrado a dos personas de miradas muy parecidas.

                Durmieron juntos en camas separadas y en la misma cama, sin tocarse ni las manos, pero con las respiraciones sincronizadas.

                Amaron a la misma persona, porque ni el protagonista de un cuento tiene tan sólo un interés romántico.

                Lloraron sobre una semilla de la que nació una flor ya muerta. Ambos tenían un algo muy oscuro dentro, que sonreía cuando abrazaba al monstruo del otro.

                Compartieron demonios, casa, libros, vuelos, angustias, música, incontables risas.


                Se mataron juntos, no habiéndose dado jamás un beso.

domingo, 9 de marzo de 2014

Carta para Andy

Andy, viste que los cuentos de Cortázar parecen que estuvieran en una escala mayor, como si fueran una improvisación de cinco minutos, un soliloquio en Sol Mayor con ninguna segunda guitarra de fondo, y que finaliza con la nota de Sol. Ese clímax, esas últimas tres notas que muchas veces parecen una escalera al cielo, un orquestado E-F#-G y que nos dejan con una sensación orgásmica de bienestar y un amor incondicional hacia Julio es lo que uso para justificar mi clasificación de todas las canciones de Cortázar (o casi) en cuentos en escala mayor.
 Saramago hace algo parecido, solo que sus peroratas-capítulos son tan largos que si no termina con la tónica dan ganas de resucitarlo y pegarle un tiro.
 Para mí, sin creerme Cortázar (soy más joven!), también escribo en escala mayor, salvo tal vez el jugo de lúcuma que subí recién. Ese está en menor: termina medio de repente y no tiene mucho el sentido el final, ni el principio. Es un píccolo disonante y los espacios entre las frases hacen que parezca que la canción modula.
No sé, capaz el cuento o lo que sea que es no está en ninguna escala; tal vez sean solo palabras unidas entre sí.
 Capaz las historias no estén en un tono, y la música y la escriturs no tengan nada que ver. O, tal vez, sí.
Un abrazo,
Billy

Gazpacho y lúcuma

 Los autos de Nápoles son monstruos de mirada torva, feroces como pocos. No dudan en mostrar los dientes si uno está demasiado cerca e incluso pueden pegarle un tarascón al valiente tonto que les sostiene la mirada.
 Pasan por alto las intenciones de la persona que conducen; es un milagro que la lleven a su destino. Muchas veces se detienen a charlar e incluso a luchar por una víctima que no quieren compartir.
 Escribo estas líneas mientras un coche termina de devorarme, y mientras muero pienso en las oportunidades que perdí por pensar demasiado, y en las que me hicieron crecer por sentir más que soñar.
 Nápoles no está sólo lleno de bestias; también abundan únicas muchachas de pelo corto y corazón contento, que no pueden evitar reír tímidamente en italiano.
 Más feroces que un auto en celo, la experiencia de ser atropellada por una de ellas queda grabada con fuego y, sin embargo, el animal que me exprime me quita menos sangre que tu forma de mirarlo a él. Qué se le va a hacer, mujer; un beso tuyo bien vale cuatro ruedas de una venganza tana.

sábado, 22 de febrero de 2014

Soy el diablo en mi cuerpo / WW2

 Taño la campana y las aves vuelan. Y la fe de la gente también. La toco nuevamente y pasan cien años; el mundo sigue sin sanar. Hago sonar nuevamente el objeto y llega dios. Una vez más hago ruido y lo mato, pero no es una solución definitiva pues la religión no es una causa sino una excusa de las luchas. Ah, pero de todas formas pensando por nosotros mismos tal vez lleguemos a algo distinto y al menos nos miraremos con odio pero a los ojos aceptando por fin que no es por color, credo o forma de vida que nos perseguimos, sino por influencia de gente más poderosa que el dios que maté y que devoran con tanto ahínco la torta donde vivimos, que a nosotros sólo nos quedan las migajas caídas al suelo y el confort adquirido a costa de otros menos duchos en ser perfectos.