Siempre supe que esto iba a terminar así. Acá, así, y ahora. Con vos al lado mío, este charco en el piso, y gritos que me aturdirían si no hubiera perdido ya casi por completo mis sentidos. Y sin embargo, incluso desvaneciéndome, te siento sobre mí en un pedido silencioso (si es que esos no son tus gritos sino los de). Pero ya no hay nada que hacer, no tengo nada más que dar. Mi tiempo se acaba, y vas a quedar solx, en un charco que en realidad es dos, con un corazón roto que siempre supe que eran dos, diluyendo lo rojo del piso con unas lágrimas que nunca había visto, ni cuando te ordenó que pararas con las visitas.
No peleaste ni un poco, aceptaste tu esclavitud sin más, vos, que te creía tan anti todo y terminaste siendo unx Fito ensomadx más.
Ahora ya está. No valés nada, y yo cada vez menos, mi esencia ya casi afuera de mí y yo cada vez más, más feliz.
jueves, 13 de noviembre de 2014
martes, 28 de octubre de 2014
Hospitales II (Julieta)
En un hospital conocí a mi verdadero amor. Se llamaba Julieta, era socióloga, y nunca supe qué demonios hacía allí si se la veía perfectamente bien. Al menos, nuestras conversaciones parecían sanas, y aparentemente eran aprobadas por la Comisión de Charlas Catárticas porque nunca nos separaron.
La CCC era la herramienta más poderosa del gobierno hospitalario. Pocos sabían de su existencia; incluso yo me olvidé de la misma varias veces. Plantaban micrófonos en todo lugar peligroso. Lo más detestable no era que incluso había varios en las duchas - donde si cantabas Schönberg te aseguro que te metían preso (más preso) -, sino que (yo sospechaba), operaban incluso fuera del establecimiento.
No, no fue mi familia la que me puso acá. Fue la Comisión. Descubrieron que yo era demasiado lúcido y me sacaron del Sol para jamás volver a verlo.
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Julieta pareciera que estuvo aquí desde siempre. Conoce el lugar mucho mejor que todos; nos cuenta de habitaciones de las que nunca oímos hablar, y de torturas tan inverosímiles que parecen la pesadilla de un loco.
Y este hospital se confunde, ya no se sabe quiénes son los trabajadores, quiénes los CCC, y quiénes los enfermos. Todo gira en un remolino, en un arcoiris: micrófonos negros chupadores de espíritu, micrófonos rojos manchados de violencia y exasperación, guardias grises mirándonos como desde otro plano, un hombre de azul cuyo único objetivo es evitar el de los enfermos (escaparnos), nosotros de un rosa pálido que parece burlarse de nuestra ceguera, y Julieta, ¡ah!, Julieta la de la lapicera verde (y bata blanca). Julieta la de ojos pardos en su mirada dulce. Y bata blanca. Julieta la de la bata blanca.
Hospitales I (Isidoro)
¡Oh! El hospital. Laberíntico infierno frío e iluminado, donde con suerte, sólo por unas horas, nos olvidamos del olvido, y la muerte se nos presenta en forma de cuerpos maltrechos, de miedo al contagio, de angustia y dolores nuevos. Otros pensarán al cuerpo como un aparato siempre arreglable, y acuden al service, le cambian el aceite tetas nuevas pastillitas y adiós, pero yo sé, ah, yo sé que esto se acaba; tal vez no hoy, y ojalá no mañana, pero sin duda un día te despertarás y en vez de espantarte por esas formas desgastadas que te sorprendían en tus escasas visitas al averno, serás uno de ellos.
Más que asiduas apariciones por el hospital, vivirás el horror de vivir allí. Lentamente irás perdiendo el control a medida que pasan las décadas, y llegará el momento en que comprenderás que la maldición que nos golpeó no era todo lo contrario, como solías pensar.
Atrapado en tus huesos, querrás por fin liberarte y visitar los cielos, pero no, pasarás la eternidad entre estas cuatro paredes, sin mover un músculo, sin músculos, sólo mente, sólo polvo, solo, encerrado en un infierno y deseando haber terminado más abajo, en el verdadero.
Más que asiduas apariciones por el hospital, vivirás el horror de vivir allí. Lentamente irás perdiendo el control a medida que pasan las décadas, y llegará el momento en que comprenderás que la maldición que nos golpeó no era todo lo contrario, como solías pensar.
Atrapado en tus huesos, querrás por fin liberarte y visitar los cielos, pero no, pasarás la eternidad entre estas cuatro paredes, sin mover un músculo, sin músculos, sólo mente, sólo polvo, solo, encerrado en un infierno y deseando haber terminado más abajo, en el verdadero.
miércoles, 30 de julio de 2014
Besos en la frente
Besos en la frente eran justamente lo que le faltaban a Juan Miguel. Besos en la frente, algún que otro abrazo, un apretón de manos; pero no, lo único que le regalaban a mi amigo eran golpes, cachetadas literales y metafóricas, pero no por ser metafóricas estas últimas dolían menos. Hasta donde Juan sentía, le sangraban incluso más. El amor, esa sensación no olvidada sino que nunca aprendida, lo volvía loco. Lo mataba. Lo mató varias veces. Juan Miguel se suicidó en incontables ocasiones por falta de amor, un acto más poético si me preguntan que los que abandonan el barco por un flechazo demasiado mortal al corazón.
Ambos actos son tan opuestos como terribles. El segundo se va porque le da miedo seguir encontrando dolor, y Juan porque ya no tiene fuerzas para seguir buscándolo. Y Juan se mata. Infructuosamente. Pues una maldición cayó sobre Juan hace siglos, cuando este todavía tenía un nombre indígena, y lo hundió en el barro de la neutralidad. En el de no poder sentir. En el de querer sentir, pero no poder. Y cuando Juan nazca de nuevo, se llame como se llame, no podrá usar su corazón para lo que los doctores mienten al afirmar que no es su función principal.
Y su madre lo sabrá. Y su padre. Y el amor incondicional que sientan por él se irá extinguiendo al no recibir respuesta, y Juan se irá quedando solo, mientras el mundo le da la espalda. Y él se abandonará también, y nos abandonará, para reaparecer nuevamente en otro inútil intento de vivir.
Ambos actos son tan opuestos como terribles. El segundo se va porque le da miedo seguir encontrando dolor, y Juan porque ya no tiene fuerzas para seguir buscándolo. Y Juan se mata. Infructuosamente. Pues una maldición cayó sobre Juan hace siglos, cuando este todavía tenía un nombre indígena, y lo hundió en el barro de la neutralidad. En el de no poder sentir. En el de querer sentir, pero no poder. Y cuando Juan nazca de nuevo, se llame como se llame, no podrá usar su corazón para lo que los doctores mienten al afirmar que no es su función principal.
Y su madre lo sabrá. Y su padre. Y el amor incondicional que sientan por él se irá extinguiendo al no recibir respuesta, y Juan se irá quedando solo, mientras el mundo le da la espalda. Y él se abandonará también, y nos abandonará, para reaparecer nuevamente en otro inútil intento de vivir.
lunes, 23 de junio de 2014
Desmoronábanse los lípidos de la torre que eras en toda tu desbelleza, crujían tus vidrios y saltaba el tuétano de tu esquelética sonrisa, de tu horrenda plenitud, de tu igual de tremenda planicidad.
Buscás encajar en cada molde que te imponen, que te regalan en opiniones, que te venden en las revistas, en la pantalla, detrás de la vidriera.
Y te venden también a vos, y te das cuenta. Y, ansiosa por que te compren, llegás incluso a bajar tu precio, o rogás en secreto a tantos amigos por mejores reseñas, y no te das cuenta que podés no venderte, podés ser dueña de cada pedazo tuyo, y así serías sólo una, ni más ni menos, suficientemente toda como para vivir en paz, comiendo-bailando-pinchando-leyendo-riendo-llorando-escribiendo sólo lo que vos quieras, quemando libros a lo Montag si lo deseás, pero no para otros, suprimiendo de una vez por todas ese instinto tan grabado en nuestras entrañas que es necesitar validación, ofreciendo tus valores y ofreciéndote a gente que te intercambia por la misma aceptación tanto de otros seres más grandes y poderosos como la tuya misma, quedando todo podridamente conectado en un angustioso círculo de baja autoestima.
Buscás encajar en cada molde que te imponen, que te regalan en opiniones, que te venden en las revistas, en la pantalla, detrás de la vidriera.
Y te venden también a vos, y te das cuenta. Y, ansiosa por que te compren, llegás incluso a bajar tu precio, o rogás en secreto a tantos amigos por mejores reseñas, y no te das cuenta que podés no venderte, podés ser dueña de cada pedazo tuyo, y así serías sólo una, ni más ni menos, suficientemente toda como para vivir en paz, comiendo-bailando-pinchando-leyendo-riendo-llorando-escribiendo sólo lo que vos quieras, quemando libros a lo Montag si lo deseás, pero no para otros, suprimiendo de una vez por todas ese instinto tan grabado en nuestras entrañas que es necesitar validación, ofreciendo tus valores y ofreciéndote a gente que te intercambia por la misma aceptación tanto de otros seres más grandes y poderosos como la tuya misma, quedando todo podridamente conectado en un angustioso círculo de baja autoestima.
domingo, 15 de junio de 2014
Relato de un náufrago
Había
una vez un joven que escuchaba a Spinetta y escribía sobre cosas imposibles, y
luego se iba a volar. Había también otra joven que volaba pero para atrás. No
tardaron en chocarse, sin querer queriendo, medio riendo, medio llorando.
Se
hicieron amigos, el joven se enamoró, la joven no. Viajaron juntos a la cabeza
de cada uno, y a una playita del Interior. Mezclaron sus mundos, que siendo tan
distintos habían engendrado a dos personas de miradas muy parecidas.
Durmieron
juntos en camas separadas y en la misma cama, sin tocarse ni las manos, pero
con las respiraciones sincronizadas.
Amaron
a la misma persona, porque ni el protagonista de un cuento tiene tan sólo un
interés romántico.
Lloraron
sobre una semilla de la que nació una flor ya muerta. Ambos tenían un algo muy
oscuro dentro, que sonreía cuando abrazaba al monstruo del otro.
Compartieron
demonios, casa, libros, vuelos, angustias, música, incontables risas.
Se
mataron juntos, no habiéndose dado jamás un beso.
domingo, 9 de marzo de 2014
Carta para Andy
Andy, viste que los cuentos de Cortázar parecen que estuvieran en una escala mayor, como si fueran una improvisación de cinco minutos, un soliloquio en Sol Mayor con ninguna segunda guitarra de fondo, y que finaliza con la nota de Sol. Ese clímax, esas últimas tres notas que muchas veces parecen una escalera al cielo, un orquestado E-F#-G y que nos dejan con una sensación orgásmica de bienestar y un amor incondicional hacia Julio es lo que uso para justificar mi clasificación de todas las canciones de Cortázar (o casi) en cuentos en escala mayor.
Saramago hace algo parecido, solo que sus peroratas-capítulos son tan largos que si no termina con la tónica dan ganas de resucitarlo y pegarle un tiro.
Para mí, sin creerme Cortázar (soy más joven!), también escribo en escala mayor, salvo tal vez el jugo de lúcuma que subí recién. Ese está en menor: termina medio de repente y no tiene mucho el sentido el final, ni el principio. Es un píccolo disonante y los espacios entre las frases hacen que parezca que la canción modula.
No sé, capaz el cuento o lo que sea que es no está en ninguna escala; tal vez sean solo palabras unidas entre sí.
Capaz las historias no estén en un tono, y la música y la escriturs no tengan nada que ver. O, tal vez, sí.
Un abrazo,
Billy
Saramago hace algo parecido, solo que sus peroratas-capítulos son tan largos que si no termina con la tónica dan ganas de resucitarlo y pegarle un tiro.
Para mí, sin creerme Cortázar (soy más joven!), también escribo en escala mayor, salvo tal vez el jugo de lúcuma que subí recién. Ese está en menor: termina medio de repente y no tiene mucho el sentido el final, ni el principio. Es un píccolo disonante y los espacios entre las frases hacen que parezca que la canción modula.
No sé, capaz el cuento o lo que sea que es no está en ninguna escala; tal vez sean solo palabras unidas entre sí.
Capaz las historias no estén en un tono, y la música y la escriturs no tengan nada que ver. O, tal vez, sí.
Un abrazo,
Billy
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