¿Viste, Fran, los absurdos divertimientos que practican los adultos, y algunos jóvenes, durante su propia vida? Se distraen con idioteces que les parecen importantísimas, y dejan pasar cosas tan fundamentales como ir a andar en bicicleta no para hacer ejercicio, sino con el solo fin de llegar todo sudado a esa única plaza donde el pasto no es sintético y que tampoco tiene esos cositos tan pinchudos y molestos.
Se cuentan chistes tontos, hablan de política, leen un solo tipo de diario convencidos de su objetividad, y luego tratan de convencer al resto de su interesantísima y perfecta forma de ver el mundo.
Sus vidas deberían ser bestsellers. Les extraña que los ojos de algunas personas no se abran como platos al escuchar una genial anécdota sobre su más reciente aventura en Punta del Este. Sus empleados se ríen, ¿por qué ellos no?
El dinero es importante, sí, pero para ellos no es sólo plata sino también oro y diamantes. Una cuenta bancaria lo vuelve a uno interesante, y con dos ya lo invitan a jugar al tenis.
Transpiran prejuicios y fetiches de dominación. Si pudieran llorar, derramarían todas las imposiciones de su niñez, el horrendo sistema que la sociedad les regaló y que ver The Wall no los ayudó a derrumbar. El régimen se solidificó tanto que lo único que disfrutan es ver una comedia con risas grabadas.
Tienen un switch con dos posiciones: que-les-digan-que-hacer y dar-órdenes. No soportan, odian, temen tener tiempo libre. No hablo de "tiempo libre para tener una escapada a McDonalds", sino de un rato apreciable, sin obligaciones ni planes armados ¿Tan difícil es no ocupar todo el maldito tiempo con algo para hacer?
¿Sabés por qué te cuento esto, Fran? Porque temo estar convirtiéndome en uno de ellos.
martes, 12 de marzo de 2013
martes, 5 de marzo de 2013
Raya y punto
Jack trabajaba casi doce horas diarias en una aburrida oficina (que se podría calificar de subterránea) situada en el undécimo piso de una torre casi desprovista de ventanas; al tener que mantener a toda su familia - sus cinco hermanos mucho más pequeños, su madre embarazada again y su padre no, no estaba él, no importa por qué - no podía esforzarse menos; eso le molestaba, pues sabía, sin poder hacer nada al respecto, que no iba a poder ir a la universidad a estudiar Arte: ya sé que eso te encanta, y lo que a mí me encanta es que seas feliz, pero tenés que ayudar hasta que John cumpla trece al menos, le decía la madre siempre, siempre elevando la edad a la que su hermano tenía que llegar cada vez más, cosa que le molestaba también, pues parecía que sus obligaciones no fueran a acabar nunca, pero cómo iba a saber que quince años después luego del accidente con la moto su hermano iría a visitarlo todos los días, llevándole comida, libros, cariño y conversación, charlas interminables sobre lo buena y linda que eras y por qué no se casaron, de nuevo volver al tema, una pareja perfecta, se separaron de repente, tal vez postrado en la cama Jack lo escucharía sin ponerse nervioso, estás tan solo hermano, por qué no la llamás basta John dejame en paz, por última vez te lo digo, pero insistir y la súbita pelea vidrios rotos, un hermano tirado en la cama, el otro en el piso, sólo uno moviéndose pero con sangre en las manos. Qué se puede hacer, así es la vida.
jueves, 21 de febrero de 2013
Luz vieja
¿Qué es mejor, una quemazón sin límites o la noche eterna?
Varias eras habían pasado para la humanidad, Cristo y el capitalismo hacía mucho que habían sido olvidados, y la gente tenía otros dioses y otros sinsentidos. Vivían en guerra permanente, en batalla por la poca agua que tenía el planeta.
El Sol ardía cruel en el cielo; ya no era la estrella protectora que otrora iluminaba y alimentaba en forma amigable, sino un ser rojo, castigador, que volvía la vida un poco más insoportable.
Los humanos vivían encerrados en cúpulas gigantes, y se pasaban la vida tratando de sobrevivir a las altas temperaturas. Hacer el amor? Llorar? Abrazarse? Todo eso estaba prohibido y enterrado.
Ni siquiera las noches traían paz y unión, tan solitarios se habían vuelto los hombres; pero al menos se abrían ventanales en las viviendas y algunos jóvenes llegaban a ver la luna.
Un día particularmente molesto, si una sola nube defensora en el cielo, un muchacho esperó pacientemente la negrura, sin hacer nada. Y se fue el Sol, y pensó y cantó y escribió. Y al llegar el alba, esta no llegó. Esa muerte redonda no se asomaba por el horizonte.
La alegría y la sorpresa pronto dejó paso al miedo ¿Qué era todo esto? El chico corrió a su familia y les contó lo sucedido.
Esta situación se repetía en diferentes casas: familias reunidas para discutir lo que parecía un bendito eclipse, solo que demasiado largo.
La súbita e inexplicable muerte del Sol había dejado a todos en medio de la oscuridad y lo desconocido. La gente trataba de calmarse entre sí; tal vez el miedo los impulsaba a darse calor y afecto.
O tal vez había sucedido algo más. La luz de la que se alimentaba cada persona - y la inherente a cada una - había sido eclipsada por un Sol demasiado luminoso; y con este desaparecido, la gente volvía a necesitar a la gente para vivir y crecer.
Varias eras habían pasado para la humanidad, Cristo y el capitalismo hacía mucho que habían sido olvidados, y la gente tenía otros dioses y otros sinsentidos. Vivían en guerra permanente, en batalla por la poca agua que tenía el planeta.
El Sol ardía cruel en el cielo; ya no era la estrella protectora que otrora iluminaba y alimentaba en forma amigable, sino un ser rojo, castigador, que volvía la vida un poco más insoportable.
Los humanos vivían encerrados en cúpulas gigantes, y se pasaban la vida tratando de sobrevivir a las altas temperaturas. Hacer el amor? Llorar? Abrazarse? Todo eso estaba prohibido y enterrado.
Ni siquiera las noches traían paz y unión, tan solitarios se habían vuelto los hombres; pero al menos se abrían ventanales en las viviendas y algunos jóvenes llegaban a ver la luna.
Un día particularmente molesto, si una sola nube defensora en el cielo, un muchacho esperó pacientemente la negrura, sin hacer nada. Y se fue el Sol, y pensó y cantó y escribió. Y al llegar el alba, esta no llegó. Esa muerte redonda no se asomaba por el horizonte.
La alegría y la sorpresa pronto dejó paso al miedo ¿Qué era todo esto? El chico corrió a su familia y les contó lo sucedido.
Esta situación se repetía en diferentes casas: familias reunidas para discutir lo que parecía un bendito eclipse, solo que demasiado largo.
La súbita e inexplicable muerte del Sol había dejado a todos en medio de la oscuridad y lo desconocido. La gente trataba de calmarse entre sí; tal vez el miedo los impulsaba a darse calor y afecto.
O tal vez había sucedido algo más. La luz de la que se alimentaba cada persona - y la inherente a cada una - había sido eclipsada por un Sol demasiado luminoso; y con este desaparecido, la gente volvía a necesitar a la gente para vivir y crecer.
miércoles, 31 de octubre de 2012
Poema 315
Tengo miedo de ser hombre
desprovisto de color.
Ir avanzando en las tinieblas
en busca del horror.
La gente alegremente
intenta espantar a la muerte.
Consumen, consumen,
y son inmortales con suerte.
Temo ser una persona
que al sentirse muy sola,
se quede con la primer pareja que tenga,
porque es la única que le da bola.
Voy a ser quien viva
cambiando día a día
reinventándose a mí mismo
sin una personalidad mía.
No quiero estancarme.
No quiero aburrirme.
Morir es perder,
yo nunca voy a irme.
Muchas veces te enamorás
y pensás que la perfección existe,
pero no la vas a encontrar,
ya es tarde, moriste.
domingo, 21 de octubre de 2012
Poema 314
Usando como espejo retrovisor
(porque el real estaba roto)
mis anteojos cansados,
metí el auto en el garage,
mi persona en mi casa,
mi cuerpo en la cama,
y mi pene en mi esposa.
Quitándome el cansancio de mi alma,
y su boca de mi boca,
me dispuse a enseñarle
que mi cara no se toca.
Mi cuarta mujer trofeo,
mi trabajo en el gobierno,
que ganas de mandarla
a esa perra al infierno.
Me conseguiré otra,
se la robaré a alguno,
y la usaré cuando quiera,
hasta que no me sirva más.
Lo mismo con tus cosas,
con tu hogar y con tu historia.
Si no me gusta lo que veo,
lo que escucho, lo que leo,
lo que toco o lo que intuyo,
lo moldeo a mi gusto,
o simplemente lo destruyo.
Vivo desde siempre
y hasta el fin de las eras.
Te prohíbo quejarte.
Soy el señor Tijeras
sábado, 22 de septiembre de 2012
Nunca conocí otro pueblo como ese. Allí, hacía tanto frío que para salir a la calle debías usar, como mínimo, tres abrigos. La gente prácticamente se pasaba la vida adentro de sus casas. Las compras a los mercados se hacían una vez por mes, quedando las alacenas capaces de alimentar a varios regimientos de soldados,...cosa que efectivamente sucedía.
Por más extraño que parezca, no era raro ver grupos de gente del Ejército solicitar comida. Estaban en todo su derecho, pues la función que cumplían era vital. Protegían a los pueblerinos de los Mercaderes, comerciantes de abrigos de piel robados por ellos mismos. Se trataba de una red de crimen organizado que se intentaba combatir hace muchos años, sin éxito.
Corría un rumor escalofriante por el pueblo durante la época en la que lo visité. Se decía que los abrigos estaban escaseando, la demanda crecía, y para suplirla los Mercaderes secuestraban gente y la utilizaban como mano de obre en el tejido de los abrigos...y también como materia prima para la confección de los mismos. No era imposible: cuero y lana casi no había, y el cabello y la piel humanas son una excelente defensa contra el frío.
Era imposible no comprarles abrigos. Los necesitabas para sobrevivir y, sin embargo, no podías evitar sentir escalofríos al pensar que la vestimenta podía ser humana, y el humano podía haber sido un conocido tuyo. O al menos eso me decía la gente. Yo no tenía amigos en ese pueblo, simplemente había ido a controlar mis negocios, que estaban prosperando. No hablaré de ellos, me parece muy vanidoso que un narrador -¡y de la historia de un pueblo!- de detalles sobre su propia vida, que además no vienen a cuento.
Sí mencionaré que a un mes de mi llegada, todo comenzó a irse a pique. Mis empleados comenzaron a desaparecer, dejándome cada vez más preocupado. La peor parte era que yo, a diferencia de los ciudadanos, sabía donde estaban, pero ¿de qué me servía? ¿Cómo demonios iba a sacarlos de esa maldita cárcel?
Los soldados estaban escalando mucho en la captura de mis trabajadores. A las tres semanas ya se habían llevado a mi secretario personal y al gerente general de mi fábrica más preciada.
Era terrible. Por primera vez en años, tenía que ir yo mismo y dirigir personalmente los procesos. Había sido una mala decisión, después de todo, empezar con el nuevo proyecto.
Cuentan las malas lenguas que al quebrar me suicidé. La gente no sabe mi verdadera identidad, o más bien la del jefe de la mafia.
Se equivocan, yo sigo aquí, a la espera. El negocio pudo haber terminado, mi Invierno pudo haberse acabado, pero el ser humano siempre tendrá necesidades. Y las personas como yo existimos para aprovecharnos de ellos al máximo.
Ya encontraré algo más.
Por más extraño que parezca, no era raro ver grupos de gente del Ejército solicitar comida. Estaban en todo su derecho, pues la función que cumplían era vital. Protegían a los pueblerinos de los Mercaderes, comerciantes de abrigos de piel robados por ellos mismos. Se trataba de una red de crimen organizado que se intentaba combatir hace muchos años, sin éxito.
Corría un rumor escalofriante por el pueblo durante la época en la que lo visité. Se decía que los abrigos estaban escaseando, la demanda crecía, y para suplirla los Mercaderes secuestraban gente y la utilizaban como mano de obre en el tejido de los abrigos...y también como materia prima para la confección de los mismos. No era imposible: cuero y lana casi no había, y el cabello y la piel humanas son una excelente defensa contra el frío.
Era imposible no comprarles abrigos. Los necesitabas para sobrevivir y, sin embargo, no podías evitar sentir escalofríos al pensar que la vestimenta podía ser humana, y el humano podía haber sido un conocido tuyo. O al menos eso me decía la gente. Yo no tenía amigos en ese pueblo, simplemente había ido a controlar mis negocios, que estaban prosperando. No hablaré de ellos, me parece muy vanidoso que un narrador -¡y de la historia de un pueblo!- de detalles sobre su propia vida, que además no vienen a cuento.
Sí mencionaré que a un mes de mi llegada, todo comenzó a irse a pique. Mis empleados comenzaron a desaparecer, dejándome cada vez más preocupado. La peor parte era que yo, a diferencia de los ciudadanos, sabía donde estaban, pero ¿de qué me servía? ¿Cómo demonios iba a sacarlos de esa maldita cárcel?
Los soldados estaban escalando mucho en la captura de mis trabajadores. A las tres semanas ya se habían llevado a mi secretario personal y al gerente general de mi fábrica más preciada.
Era terrible. Por primera vez en años, tenía que ir yo mismo y dirigir personalmente los procesos. Había sido una mala decisión, después de todo, empezar con el nuevo proyecto.
Cuentan las malas lenguas que al quebrar me suicidé. La gente no sabe mi verdadera identidad, o más bien la del jefe de la mafia.
Se equivocan, yo sigo aquí, a la espera. El negocio pudo haber terminado, mi Invierno pudo haberse acabado, pero el ser humano siempre tendrá necesidades. Y las personas como yo existimos para aprovecharnos de ellos al máximo.
Ya encontraré algo más.
sábado, 28 de julio de 2012
En el país de los locos vivía tan solo un cuerdo. Se trataba de un hombre muy perspicaz, un gran matemático con mucho humor, que me ha pedido no revelar su identidad. Por ello, durante la historia lo llamaré simplemente por sus iniciales: P.I.
Aunque todo el país reía por la locura que los gobernaba, el que más se divertía era P.I.(o, abreviado, P), ya que se aprovechaba de las absurdas leyes que el rey sacaba cada tanto.
Estas solían ser estrafalarias, pero no tenían un gran impacto en la sociedad. Sin embargo, en verano de 1892 P encontró su oportunidad de oro al despertarse y ver en la calle una nueva regla, impresa en gigantescos carteles puestos por doquier, con una letra que hoy en día sería descrita como "COMIC SANS tamaño 320". Estos rezaban "2+2=3"... y el país tendría que rezar también para sobrevivir a lo que P haría.
Con la nueva igualdad tan desigual, muchos negocios se fueron a la quiebra, y no por los locos, que vivían en su propio mundo y no sabían aprovechar la situación, sino por el matemático quien iba, por ejemplo, a comprar cuatro radios y luego pagaba 3, pero argumentando que si 2+2=3 => 2-3=-2 =>-1=-2 => 1=2 y pagando la mitad.
Los empleados de los negocios eran incapaces de discutir esta lógica, y tampoco podían hacer caso omiso del decreto real, so pena de muerte.
Gracias al uso reiterado de este ardid, P. se hizo rico, pero todos lo odiaban profundamente y buscaban venganza. Comenzaron a trazar un plan para hacerlo caer, con el rey a la cabeza, quien recelaba de este hombre que podría llegar a competir en poder con él.
Después de varias reuniones hipersecretas, confidenciales, y nada fructíferas de las diez mil personas más representativas del país, el rey tomó conciencia de que no necesitaba un plan. Podía, siendo quien era, mandarlo a encerrar.
Y lo hizo.
P.I. fue sentenciado a 200 años al manicomio, y la ley original fue cambiada a 2+2=5, así el matemático no podría aprovecharse como había hecho con la anterior regla.
¿Esto detuvo al hombre brillante? ¡No! Después de varios días, pidió comparecer ante el tribunal y argumentó que, si 2+2=5, entonces esos 8 días que había permanecido encerrado equivalían a 10, por simples calcúlos. Con la misma lógica, esos 10 días equivalían a 12,5 días realmente.
Aplicando esto más de 100 veces, durante 8 horas y media, con suma paciencia logró demostrar que el tiempo que pasó desde que lo habían enviado al manicomio equivalían a los 200 años.
Los jueces suspiraron y no tuvieron más remedio que dejarlo libre. P.I. salió del manicomio al sol de la calle, primero sonriendo, luego riendo como un maniático, él, el más loco de todos.
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